viernes, febrero 8

The French Paradox

Una tarde, la madre de un amigo de mi hija, me preguntó si a ella le gustaban las hamburguesas. No sé, respondí. Asombrada me preguntó si nunca comíamos McDonalds. No, dije con ingeniudad. Esta fue la primera vez que me di cuenta de que, efectivamente, nunca habíamos llevado a nuestra hija a comer a un fast food. Poco tiempo después mi hija fue invitada a un cumpleaños en McDonald. Quizás no está mal de vez en cuando, seguramente pensamos, y la dejamos ir. Fue entonces que entré por primera vez a ese lugar. ¡Qué sucio es!, pensé. Pero lo que menos me gustó fue encontrar a mi hija metida en esas jaulas gigantes que han inventado para que los niños "jueguen".

Sin embargo, a pesar de eso, mi hija asistió a dos cumpleaños más. Poco a poco fui entendiendo que si nunca la habíamos llevado a un fast food era porque no nos gustaban: ni la comida ni el lugar. Lo mejor es que a nuestra hija tampoco le gustan. Como está acostumbrada a otro tipo de comida, a penas si probó lo que le habían servido en aquellas fiestas. De eso hace ya unos tres años. Ahora ella misma no quiere comer en McDonald ni en ningún otro fast food. ¿Cómo lo logramos? Pues les voy a confiar el secreto...

Puede parecer increíble y sin embargo es cierto: en Francia se come tan grasoso como en los Estados Unidos y sin embargo, la mortalidad a causa de enfermedades cardiovasculares es tres veces menos elevada que en los EEUU. Esto ha sido descubierto por los mismos americanos y le llaman the french paradox. ¿Será el foie gras, el confit de pato, o el vino lo que nos protege? Es a la vez mucho más simple y mucho más complejo. Para la mayoría de americanos la comida es un simple carburante para el organismo, mientras que la relación a la comida en Francia es totalmente diferente, mucho más sofisticada, lo importante es la calidad y la variedad de los alimentos. En Francia cocinar es un placer, tanto como lo es el degustar la comida e incluso hablar de ella; los momentos a la mesa son lo más importante de nuestra vida en familia y en sociedad.

La comida está anclada en las costumbres familiares, se come a la mesa y en familia, todos los días y a horas fijas (la mayor parte del tiempo) y dura al menos treinta minutos. Lo que va en el plato es sumamente importante. La comida es el símbolo, el cimiento de la vida familiar. En Francia es muy importante ofrecer una buena comida a las personas a quienes se ama. La cocina es, efectivamente, muchísimo amor. El equilibrio alimenticio es completo si hay armonía en la alimentación.

Y como cocinar es un gusto y comer un gran placer, ¿por qué iríamos a un lugar en donde hay mucho ruido y poquísima variedad? ¿donde todo sabe a grasa y a azúcar, donde el paladar no tiene el placer de sentir la infinidad de sabores que se pueden lograr al mezclar todas las delicias que nos nutren porque nos alegran la vida?

Ahora conozco muchísimas otras razones por las que no quiero comer McDonalds pero la más importante de todas es esta: NO ME GUSTA SU COMIDA.

Si quieres conocer las otras razones te ruego mirar el documental de Morgan Spurlock “Super size me”, 2004. Y la película “Fast food Nation” de Richard Linklater. www.fastfoodnation-lefilm.com

viernes, enero 18

La Sencillez Voluntaria contra el consumismo

En los países ricos el crecimiento económico es un sedativo político que ahoga cualquier contestación, afirma George Monbiot (1). Quién además advierte: «Cuidado, si usted es una persona sensible mejor deje de leer este artículo pues me preparo a romper el último tabú universal: Espero que la recesión predicha por algunos economistas llegue a realizarse. Reconozco que será doloroso, estoy consciente de que aquello provocará la pérdida de trabajo y hasta de vivienda. No trato de negar estos problemas pero quiero que entiendan que son la consecuencia de una economía concebida para maximizar el crecimiento y no el bienestar social. El sufrimiento también es resultado del crecimiento económico. El cambio climático es más que un malestar pues amenaza la vida de muchísimas personas. Cualquiera sea su esfuerzo por reducir las emisiones de gas a efecto invernadero, ninguna nación ha dejado del lado su crecimiento económico, incluso sabiendo que ningún país ha logrado reducir dichas emisiones y mantener su crecimiento económico al mismo tiempo. Una recesión en los países ricos puede ser la única forma de evitar las catástrofes naturales que suscitará el cambio climático.» Nos venden el crecimiento económico como sustituto a la igualdad de ingresos: Mientras haya crecimiento hay esperanza y aquello hace tolerables las grandes diferencias. Lamentablemente, el discurso político les pertenece a quiénes creen que la acumulación de dinero genera felicidad (1).

Fundado sobre el consumo a ultranza, nuestros sistemas económicos destruyen el medio ambiente y nos separan de las necesidades reales. Hace algunas décadas, tener un teléfono celular, conducir un automóvil, tener televisión por cable, eran lujos. Muchas cosas se han democratizado (2), es decir que ahora son accesibles a grandes mayorías. Ese es nuestro mundo, el del consumo, en dónde todo parece accesible. Nos hemos convertido en grandes derrochadores mientras que necesidades básicas como la salud, la educación, la justicia siguen siendo los bienes de un grupo muy reducido. El consumo nos ha hecho creer que ya no somos pobres, que podemos tener lo que antes habíamos soñado; lo que no nos damos cuenta es de que ésto es un espejismo; nos creemos ricos porque nos procuramos las cosas que nos vende el mercado sin darnos cuenta de que en el fondo seguimos careciendo de lo fundamental y aún peor, que estamos destruyendo el planeta.

Nuestros sistemas políticos reposan sobre el crecimiento económico tal cual es medido por el producto interno bruto que no depende sino del aumento de los gastos de consumo. El crecimiento económico es necesario para pagar los servicios de las deudas y el Estado-providencia. Si la gente dejase de consumir, la economía terminaría por derrumbarse. La publicidad y el marketing tienen por único objetivo velar para que sigamos consumiendo y que nuestros hijos e hijas sigan nuestro ejemplo. Este sistema económico con su costo para el medio ambiente está profundamente enfermo. Es inquietante ver que seguimos consumiendo aún cuando eso no nos hace felices. Estudios han mostrado que la gente sabe perfectamente cuales son las fuentes de una realización durable pero una alianza de intereses políticos y económicos nos distrae con el único objetivo de hacernos trabajar más para seguir gastando. La industria del divertimento no se ha fijado por objetivo despertar ni emancipar a sus clientes, éstos no se supone que deban preguntarse el porqué tienen que comprar el último modelo de televisión o la más moderna PlayStation, ni si es realmente agradable hacer cola detrás de muchísima gente en las cajas de los centros comerciales; sólo deben hacerlo y pagar. Y lo hacen y pagan. Aparentemente la tranquilidad, el retorno a la naturaleza o el tiempo para compartir, no hacen parte del programa de nuestras sociedades que nos imponen el círculo vicioso del consumismo: trabajar demasiado para poder gastar muchísimo en entretenimientos en lata y bajo etiquetas.

La mayoría de nosotros y de nosotras reconocemos que se imponen grandes cambios en los modos de vida sin embargo, seguimos esperando a que sea otro u otra quiénes den el primer paso. A principios de 1940, el gobierno británico pudo reducir considerablemente el consumo del país no gracias a la buena voluntad del pueblo sino a una gran campaña publicitaria combinada a un sistema de racionamiento y de impuestos a los productos de lujo. Eso es algo que se debería hacer ahora pero ningún partido político quiere decirlo. (1)

Ha sido una gran alegría saber que en todo el mundo ya existen personas cansadas del estrés cotidiano y de las compras. En los EEUU son llamadas down-shifters o downsizers : desaceleradores o adeptos al decrecimiento económico. Son personas que han decidido cambiar el dinero por tiempo. Puede sonar idílico pero es más saludable hacer cosas que nos placen que dedicar todo nuestro tiempo a ganar frenéticamente dinero para luego gastarlo del mismo modo frenético. Los desaceleradores cuestionan todo lo construido alrededor del sueño americano. Viven en las grandes ciudades o en los campos, atraviesan generaciones y hacen parte de muchas profesiones; hablan de libertad, de redescubrimiento de los gozos sencillos, de bienestar, de armonía. Saben que menos puede ser más. Aspiran llevar una vida que tenga sentido. Liberados del yugo de la rutina capitalista trabajan menos y gastan menos y lo hacen de forma más constructiva. Los adeptos a la sencillez voluntaria (3) forman una fuerza social poderosa pero muy poco conocida. Lejos de ser la renuncia al materialismo, una visión romántica de la pobreza o incluso, una privación autoinfligida, la filosofía de la sencillez voluntaria consiste en vivir según sus medios y sus valores; consumir productos no industrializados, contar con un solo automóvil en la familia, ir a la escuela o al trabajo a pie o en bicicleta, no renovar constantemente la vestimenta o la decoración de la casa. Tener un comportamiento respetuoso del medio ambiente no es ni difícil ni molesto y además se convierte en una base sólida que determina el resto. Este es un gran cuestionamiento a la idea largamente compartida de que más es mejor que solo suficiente.

Que el rechazo al consumo puede llegar a derrumbar la economía de un país demuestra hasta qué punto las fuerzas del mercado controlan las naciones. Deberían ser los ciudadanos quiénes dirigen sus vidas y se trazan prioridades. Es correcto pensar que para un trabajo vale más elegir a quién tenga por único objetivo ese trabajo, pero no es menos cierto que aquellas personas que trabajan menos horas a la semana pueden concentrarse mejor pues tienen tiempo para recuperarse. No tener perspectivas profesionales o carrieristas no significa no tener ambiciones porque éstas pueden estar centradas en cosas fundamentales y de influencia trascendental para la humanidad y el planeta.


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(1) Courrier International N°896, del 2 al 9 de enero de 2008, Europa.
(2) Dicha democratización se logra a través de una producción excesiva y se basa en: el vaciamiento de los mares por la pesca a gran escala, el trato insalubre de animales de consumo; las pésimas condiciones de trabajo para la mano de obra barata que se consigue implantando fábricas en países en desarrollo, etc. Todo eso permite ofrecer precios accesibles a las clases medias. A eso le llama en Europa democratizar un servicio o un producto.
(3) Expresión creada por Duane Elgin en 1981 para definir las acciones que hacen quiénes quieren vivir mejor con menos, consumir de manera responsable y hacer un examen de sus vidas para determinar aquello que es importante y aquello que no lo es.

lunes, enero 14

Sobre la religión, el Cristo en la Cruz y el Sacrificio

Creo que si se quiere creer en Cristo mejor es comprarse una buena(1) Biblia, leerla y tratar de interpretarla personalmente, claro tratando siempre de mantener la autocrítica. No me gustan las religiones sin embargo, no puedo hablar en particular sino de la que conozco mejor que las otras puesto que fui educada en ella: la religión Católica. El Cristo en la Cruz es una manera muy eficaz para someter a los creyentes : “He aquí el mayor ejemplo de amor : el sacrificio de Cristo”. De forma que todo ser humano pecador, deberá pagar con su vida entera el amor de Cristo, el inmenso sacrificio suyo por nosotros y nosotras. Así aprendemos a aceptar el dolor en carne propia para hacer como el Cristo que nos enseñaron(2): el sacrificio.

Estoy segura de que el sacrificio no es amor, ni que el amor signifique sacrificarse. Creo que cada ser humano es soberano de sus decisiones y si yo admiro el personaje de Cristo es por su coraje no por el tamaño de su sacrificio. Felizmente conocí la corriente Católica Latinoamericana llamada Teoría de La Liberación(3); gracias a ella yo pude ver al Cristo de un modo totalmente distinto de aquél que me habían enseñado en la escuela. Esta nueva interpretación me mostró un tipo valiente, firme, capaz de cumplir con su palabra, auténtico y honesto. Desde entonces nunca he vuelto a creer ni a aceptar a ese Cristo víctima que desde hace siglos, ciertas personas del Poder han inventado para mantener a los pueblos dominados y sumisos. Yo no acepto el sacrificio de ningún tipo, yo no me sacrifico jamás. Soy consciente de que lo que hago, soy yo quién decido hacerlo, incluso si mi vida entera de eso depende. Nada ni nadie me obliga, siempre elijo. A eso le llamo yo ser responsable. Esta idea de responsabilidad la aprendí gracias a Nietzsche. Un gran pensador que, desgraciadamente, no pudo deshacerse de lo mítico de las creencias religiosas; él inventó otros dioses y quedó, por desgracia, sumergido en los mitos(4).

Jacopin(5) decía que existen dos maneras para concebir los mitos : la primera es de modo positivo, es decir, al estar de acuerdo ; la segunda es el caso inverso, de modo negativo, es decir, rechazando el mito. En ambos casos, al aceptar o negar, el mito se mantiene. La única forma de romper un mito es la no creencia, de forma que ya no luchemos ni por ni contra, simplemente porque ya no creemos en el mito. Aprecio mucho lo que La Teología de la Liberación me permitió ver, sin embargo, ya no soy ni creyente ni católica pues soy consciente del grado humano en la invención de los mitos. Quién sabe si existe un Dios en el Universo. Puede ser que sí y puede ser que no. Aquello no me causa grandes conflictos. Pero si existiese un Dios, yo prefiero concebirlo como el Cristo que lucha, que escoge morir por sus ideas porque es fiel a sus principios y no porque quiere someter a los demás a través de la manipulación afectiva, el chantage emocional y el sacrificio.
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[1] Al decir buena quiero decir que dicha Biblia debe ser una reproducción muy cercana a la original.
[2] Heredaron.
[3] Movimiento teológico cristiano nacido en la América Latina de los años 60 (1960). Propone una nueva lectura de los Evangelios fusionando el proyecto divino y la lucha contra la opresión y la explotación de los pueblos.
[4] El mito en las sociedades humanas, es una explicación verdadera o falsa a hechos y fenómenos del mundo. Que la mitología no corresponda a una realidad no es importante, la gente cree en ella y esa misma gente hace parte de un grupo social que cree en eso. Hacen parte de un sistema* coherente que funda la concepción de un tipo de universo. Lo importante no es lo verdadero o lo falso de un mito sino el acuerdo entre la gente que lo comparte. C. Lévi-Strauss, 1958.
*Sistema: conjunto de gente que vive en grupo y que comparte las mismas concepciones del mundo y sus fenómenos.
[5] Pierre-Yves Jacopin, Antropólogo. Discípulo de Lévi-Strauss y Profesor del Instituto de Altos Estudios de América Latina (IHEAL). Mi propio Maestro de Antropología.

viernes, noviembre 23

De la religion, le Christ sur la Croix et le Sacrifice

Je crois que si l’on veut croire en Christ, il vaut mieux s’acheter une bonne Bible, la lire et essayer d’en faire une interprétation personnelle, toujours en essayant de se « mettre en abîme »(1) , c’est à dire, en prenant du recul pour se faire des idées propres.

Je n’aime pas les religions mais je ne peux parler particulièrement que de celle dans laquelle j’ai été élevée : La religion Catholique. Le Christ sur la Croix est une façon excellente pour soumettre les croyants : « Voici le plus grand, le meilleur exemple d’amour : le sacrifice de Christ… » Et nous tous, pêcheurs devons payer avec toutes nos vies son amour, son sacrifice. C’est comme cela que nous apprenons à accepter toutes les misères pour faire comme lui, comme le Christ qu’on nous a appris(2) : le sacrifice, le mal sur notre propre peau.

Je suis certaine que le sacrifice n’est pas de l’amour, ni que l’amour signifie se sacrifier. Je crois que chacun est le souverain de ses décisions et si j’admire le personnage du Christ, c’est pour son courage. Heureusement, j’ai connu la courante Catholique Latino-américaine de la Théologie de la Libération(3) ; grâce à elle, j’ai pu voir le Christ différemment. Cette interprétation m’a montré un type courageux, ferme, capable de tenir sa parole ; fidèle à lui-même et honnête. Ensuite, je n’ai plus voulu jamais accepter ni croire dans ce Christ victime que, depuis de siècles, certaines personnes du Pouvoir, ont inventé pour maintenir les peuples soumis et dominés.

Je n’accepte plus le sacrifice, je ne me sacrifie jamais. Je suis consciente que ce que je fais, c’est moi qui décide de le faire, même si ma vie entière en dépend. Rien ne m’oblige, j’ai toujours le choix. C’est ce que j’appelle être responsable. Cette idée de responsabilité je l’ai apprise grâce à Nietzsche. Un grand penseur qui, malheureusement n’a pas pu se défaire de la façon mythique des croyances religieuses ; il a inventé d’autres dieux, il est resté, par malheur, submergé dans les mythes(4) .

Jacopin(5) disait qu’il y a deux façons de concevoir le mythe : de façon positive (en étant d’accord), ou de façon négative (en le refusant). Dans les deux cas, qu’on accepte ou qu’on refuse le mythe, on fait toujours partie du groupe mythique que Jacopin appelle « système(6) ». La seule façon de sortir du mythe est de ne plus croire du tout : de la sorte, on ne se battra plus ni en faveur ni contre.

J’apprécie ce que cette doctrine latino-américaine m’a permis de voir, cependant, je ne suis plus ni croyante, ni catholique puisque je suis consciente du degré humain dans l’invention des mythes. Qui sait s’il y a un Dieu quelconque ? Peut-être que oui, peut-être que non. Cela ne me pose pas vraiment de problème. Mais s’il y en a un, je préfère le concevoir comme le Christ qui se bat, qui lutte, qui choisit de mourir pour ses idées parce qu’il est fidèle à lui-même, pas parce qu’il veut soumettre les autres à travers la manipulation affective, le chantage émotionnel et le sacrifice.
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[1] Pierre-Yves Jacopin.
[2] Transmis.
[3] Mouvement théologique chrétien né dans l’Amérique Latine des années 60. Il propose une lecture nouvelle des Evangiles, dans laquelle on fusionne le projet divin et la lutte contre l’oppression et l’exploitation des peuples.
[4] Le mythe dans les sociétés est une explication, vraie ou fausse, à des faits et phénomènes du monde. Que la mythologie ne corresponde pas à une réalité n’a pas d’importance, les gens y croient et ils sont membres d’une société qui y croit, ils font partie d’un système cohérent qui fonde la conception d’un certain univers. L’important n’est pas le vrai ou le faux mais l’accord entre les gens qui partagent le mythe. C. Lévi-Strauss, 1958.
[5] Pierre-Yves Jacopin, Anthropologue, élève de Lévi-Strauss, Professeur de l’Institut des Hauts Etudes de l’Amérique Latine et mon propre Maître d’Anthropologie.
[6] Système : ensemble des gens qui vivent en groupe et que partagent la même conception du monde et des idées du monde.

lunes, octubre 8

El Trabajo


El pasado viernes 5 de octubre de 2007, escuchaba en El Informativo La Clave de Radio La Luna, el debate que mantenían con Paco Velasco algunos representantes, hombres y mujeres, de las comunidades negras del Ecuador.
El debate era muy interesante. Sin embargo, algo que fue dicho me ha marcado muchísimo pues ha tocado un punto que hace algunas semanas da vueltas en mi cabeza.

Una de las invitadas contaba lo siguiente: un día había visto y escuchado en la televisión, a una niña de una comunidad negra responderle a un entrevistador que lo que quería ser de grande era “cocinera”. La mujer invitada en el programa dijo ésto en tono alarmante. ¡Cómo puede ser posible que esos sean los referentes! —Fue su comentario.
¿Qué es tan grave de querer ser “cocinera” cuando sea grande? ¿Quién tiene el referente negativo: la niña que quiere ser cocinera o la mujer que piensa que ser cocinera es negativo?

Hace poco había comenzado a escribir un texto al que había titulado: ¿Y si todos los trabajos valiesen lo mismo? Creo que ahora vale la pena retomar el tema:

Esta mañana al volver del bosque, he saludado como de costumbre con los obreros. Digo, como de costumbre, porque muy temprano en la mañana, cuando salgo a trotar, suelo cruzar al hombre que barre la plaza, los trabajadores que recogen la basura, los obreros que modifican las veredas, reparan las calles, etc. Fue entonces que surgió en mí esta pregunta ¿por qué no se valoran igual todos los trabajos?

Todos los trabajadores que encuentro en la mañana, siempre me saludan con una gran sonrisa. No me parecen infelices; creo que aman lo que hacen. A veces los obreros sudan y se nota que hacen grandes esfuerzos físicos; yo también estoy sudando y tan colorada como ellos. Ellos tienen cuerpos fuertes, brazos musculosos y no necesitan preocuparse por pagar un gimnasio pues su trabajo les permite mantener sus cuerpos ejercitados.

Lo que quiero decir, es que me parece muy triste que en las sociedades actuales los únicos oficios que son reconocidos socialmente son aquellos que pasan por los diplomas, las universidades y las oficinas. Estoy de acuerdo con que la gente debe educarse, debe leer, saber criticar, cuestionarse, debatir. Pero no creo que el mundo pueda seguir su marcha si en él solamente existen doctos y letrados, médicos, abogados, maestros, gerentes, en fin.

Cada oficio es sumamente importante para toda sociedad. ¿Qué comeríamos si no supiésemos cocinar? ¿Existirían restaurantes si no hubiesen cocineras? ¿Por qué la niña que quería ser cocinera tenía un referente negativo según la mujer entrevistada? Quizás su madre es cocinera y ese es su referente ¿No es acaso positivo que su referente sea su madre? Lo importante sería darle un valor equivalente a cada oficio y a cada profesión. Un médico no tiene porqué ser superior a un albañil. El albañil tiene que saber lo que hace a la hora de construir porque de su trabajo depende que una edificación se mantenga en pie o que caiga. ¿No es esto muy importante?

Conozco a un hombre que pronto cumplirá 60 años. Su padre trabajaba en la construcción, era albañil. Algunos de sus hijos comenzaron con él en este oficio. El hombre del que les hablo, adquirió muchísima experiencia y llegó a formar su propia empresa. Ahora es lo que creo se llama Maestro en la construcción, tiene gente que trabaja para él. Su casa es enorme (cinco pisos a desnivel con jardín y piscina) y muy bonita, pues él mismo la ha construido. No es un arquitecto, no es un ingeniero, es un albañil. Este hombre es francés y vive en Francia.

Es cierto que he encontrado mucha gente en Francia que guarda la misma idea errónea al valorar ciertos oficios. Sin embargo, en esta sociedad, existen muchos ejemplos como el que he dado, de gente que ha tenido éxito económico y social gracias a su trabajo y no a sus muchos diplomas.

Lo que me llama siempre la atención cuando escucho a la gente de mi país, es su gran idolatría por los diplomas. Mientras más diplomas y títulos alguien puede decir que tiene, mejor parece que es.

En la sociedad francesa se está discutiendo mucho al respecto de los diplomas. Pues muchos jóvenes creen que van a encontrar empleo y buenos salarios gracias a sus diplomas. Y el desempleo es un enorme problema en Francia. Durante las pasadas elecciones presidenciales, uno de los puntos en el debate era la revaloración del trabajo. Los campos se vacían, la gente ya no quiere cultivar ni trabajar la tierra; las ciudades están repletas, hay demasiada concentración de gente que sueña con ser empleada para lograr el éxito económico y la aceptación social.

¿Qué vamos a hacer cuando todos los campos se hayan quedado vacíos? ¿qué comeremos? ¿qué será de nuestra salud repleta de alimentos procesados? ¿Por qué ya no nos gusta el campo? ¿por qué ya no sabemos apreciar los productos frescos tan saludables?

Me parece que el problema del desempleo resulta de una doctrina social que glorifica ciertos oficios y condena muchos otros. Esto se refleja en la paga, es cierto, pero sobretodo en la apreciación de la gente. Mucha gente obrera, campesina, lucha para dar a sus hijos un futuro mejor. Ese futuro “mejor” es soñado en grandes escuelas, con grandes diplomas, con cargos importantes en empresas destacadas. ¿Por qué el trabajo de oficina parece mejor que el trabajo en el campo, el trabajo en las calles, el trabajo físico, en las construcciones o en el taller?

Desde hace poco trato de imaginar una sociedad en la cual la gente elija su profesión u oficio por gusto, por amor a dicha tarea y no en función de la paga ni de la aceptación social. Un mundo en el cual, cualquiera fuese el oficio, cada persona recibiría la misma paga. El sueldo debería estar ligado al tiempo invertido en el trabajo y no a las leyes del mercado. Toda persona debería tener el derecho de ganar bien, de ganar lo justo, aquello que le permita realizarse humanamente. Me parece que la justicia social debería estar basada en una justa remuneración de todo trabajo, en la justa valoración de cada oficio.

Cada oficio implica ciertos conocimientos, cada conocimiento es muy valioso. ¿Dónde podría vivir el médico si no hubiese un obrero que construyera su casa? ¿con qué se vestirían los y las ejecutivas, si no hubiesen personas cortando y cosiendo sus trajes?

La gente suele ser muy miope y poco analítica. Mira lo que llevas, lo que está sobre tu cabeza, dónde caminas, lo que escuchas, lo que lees, lo que comes; hay muchísima gente trabajando para que tu vida sea como es ¿por qué solo darle valor a tan pocas cosas si todo resulta indispensable? Todos los oficios son útiles, muy útiles, unos y otros. Comencemos a valorar el trabajo de una manera más justa.

martes, agosto 14

Mente sana en cuerpo sano


De lo que acá quisiera hablarles tiene que ver con reconciliarnos con nosotro(a)s mismo(a)s, con aquello que nos hace existir y que hace parte de todas las personas.
Así como el sexo es, lamentablemente y —en ocasiones— inevitablemente, confundido con lo sucio y lo vulgar, el cuerpo suele ser restringido al mundo de lo superfluo y lo vano.
También yo crecí ligada al oscurantismo a través del cual el sexo era pecado, la sexualidad hacía más bien parte de un vicio y el cuidado del cuerpo resultaba superfluo porque era cosa de vanidad o tontería.


Con el tiempo y la experiencia aprendí a ver el sexo, la sexualidad y los cuerpos de otra manera. Entendí que para ser persona no sólo necesitaba un cerebro sino también un cuerpo. Hace poco leí un texto en el cual el autor manifestaba la durísima percepción de su propio cuerpo; aquel autor hablaba del cuerpo como una carga muy pesada que todas las personas debemos llevar.
Es triste que en el mundo la gente viva continuamente en el negro o en el blanco de las cosas. Aquéllos que valoran la inteligencia suelen catalogar el cuidado del cuerpo como algo negativo. Conforme ha transcurrido el tiempo, el cuidado del cuerpo ha sido relegado, cada vez más, al mundo de lo superficial.


El cuerpo hace parte de toda persona y esos mismos cuerpos hacen parte del conjunto de cosas que nos hacen seres humanos. No se trata de cultivar la figura porque eso nos mostrará hermosos a los ojos de la sociedad de consumo, se trata de querernos a nosotra(o)s misma(o)s, de aprender a respetarnos, respetando cada parte de nuestra humanidad, donde el cuerpo es tan importante como el cerebro.


Un ser humano que acaba de nacer aprende poco a poco todo aquello que es importante para su supervivencia: al mismo tiempo que desarrolla sus capacidades intelectuales, desarrolla sus capacidades físicas. Aprende a hablar tanto como aprende a caminar. Sin embargo —en un momento u en otro—, esos procesos que son tan naturales llegan a bloquearse cuando el tipo de educación recibida hace hincapié en lo físico, o en lo intelectual. Es ahí cuando el ser humano se fracciona. Y ese fraccionamiento tiene tristes consecuencias no solo para el individuo que las sufre sino para la sociedades y el Planeta.


Mucha gente cree que al llegar la edad adulta, las capacidades físicas disminuyen, que el deterioro del cuerpo es inevitable. Lo que estas personas ignoran es que no es el tiempo lo que destruye al organismo, sino que: es el maltrato que ha sufrido el organismo durante tantos años lo que hace que el cuerpo se deteriore. Muchos creen que la belleza está ligada a la juventud porque en esta época de la vida, el organismo es naturalmente ágil. Sin embargo, se está comprobando que muchos niños y muchos jóvenes en las sociedades actuales, que crecen sentados frente a sus pantallas de televisión y llenan sus cuerpos de alimentos saturados en grasas y azúcar, muestran poquísima agilidad y muchas veces son obesos, lo cual les da un aire de vejez aún tratándose de niños y niñas.


Un cuerpo que no se cultiva, que no se respeta, al cual no se le da suficiente tiempo de reposo, una alimentación equilibrada, y una actividad física cotidiana (no excesiva), se deteriora, enferma y envejece sin lugar a dudas.
No estoy tratando de rechazar la vejez. He visto gente de edad bien avanzada (más de setenta años) desenvolverse, quién sabe si hasta mejor que yo, en bicicleta. Nosotros nacemos con un capital humano, lo que viviremos en la vejez será el resultado de aquello que hagamos con nuestro capital en el transcurso de nuestras vidas.
Un cuerpo no es bello porque refleja las medidas ni las formas que nos vende el mercado, sino porque refleja salud. Muchas veces he visto cuerpos muy enfermos, llenos de modificaciones arbitrarias, maquillados, disfrazados, alterados, mostrándose hermosos para las campañas publicitarias, el acojo de un público o el entorno social.


Respetar su cuerpo hace parte del respeto que debemos tenernos a nosotra(o)s misma(o)s; ejercitar nuestros cuerpos cotidianamente nos permite recargar nuestras baterías internas. Los seres humanos somos productores de energía y necesitamos de nuestra propia producción energética para poder vivir con salud sin necesidad de prótesis mecánicas que hagan por nosotra(o)s todas las actividades. Comprendo que el uso de ascensores, escaleras eléctricas, entre otros artefactos, sean de mucha utilidad; lo que encuentro lamentable es que muchísimas personas que cuentan con todas sus capacidades físicas, prefieren echarlas a perder utilizando aquellos medios que deberían servir a quiénes de verdad necesitan ayuda motriz. ¿Cuánta gente ha dejado de caminar unos pocos minutos por tomar el bus, un taxi o su carro? Luego quieren compensar la falta de actividad física metiéndose en lugares cerrados llamados gimnasios, dónde falta el aire, los colores y las formas del paisaje natural.


Yo nací en una capital. Cuando me mudé al campo me hacía falta la bulla, la gente; seguía dependiendo mucho del carro. Poco a poco fui impregnándome del lugar en el cual habito ahora. Nunca más he podido soportar el ejercicio en un lugar cerrado. No hay otro momento en el cuál me sienta mejor conmigo misma que cuando salgo a trotar en el bosque. En aquél momento estoy segura de mi existencia en esta tierra; siento que hago parte del Planeta, que soy verdaderamente parte de la naturaleza.


Nunca me sentí mejor que ahora con mi propio cuerpo, porque ese cuerpo ahora me pertenece, es mío: siento que está vivo y que vive gracias a mí. A veces quisiera tener un grabador conectado a mi cerebro, no hay momento mejor para pensar que cuando mi cuerpo se siente vivo. Esta mañana al trotar estaba pensando en lo que quería escribir. Ojalá esto que he escrito motive a alguien a cuidar de su cuerpo, a respetarlo. Si más personas dejaran el autobús, el taxi, el carro y usaran sus cuerpos para desplazarse, el Planeta se vería menos contaminado.
El cuerpo es el hogar de nuestra existencia, el Planeta es el hogar de nuestros cuerpos. Hay que aprender a respetarse a sí mismo(a) primero para luego aprender a respetar el Planeta.